Tu Vieja no es panqueque!!!!. Vamos Argentina!!!!.

PARA EL CASO DE QUE NO GANEMOS ESTE CAMPEONATO DEL MUNDO

QUERIDO DIEGO, “PELUSA”, “PIBE DE ORO”, “DIEZ”, “DIOS”, “GORDO”:

Quiero hacer memoria, para que no se te olvide a vos, ni a ninguno de los argentinos.

Eras un pibe de la villa miseria de Fiorito. Uno de esos asentamientos informales, insalubres y laberínticos, de viviendas precarias en las que se hacinan los desplazados. Síntoma brutal de la marginación y la pobreza, del que los políticos prefieren no hablar porque es poner en duda toda la estructura legal del sistema.

Jugabas porque el fútbol es la expansión de los humildes, un acto atemporal que los saca de las desdichas cotidianas. La vida te había negado casi todo, y vos, como miles de chicos argentinos, con tus zapatos rotos, te desquitabas a patadas.

En 1973 alguien te dijo:

- Che pibe, vamos a armar un equipo para jugar en el “Torneo Evita”, ¿Entrás?

Con tus piernas flacas y tu rostro de “negrito”, te convertiste en la pesadilla del torneo, nadie quería enfrentarte. “Los Cebollitas”, (así se llamaban), se llevaron la copa y al año siguiente ganaron el Campeonato de la 8ª División. El conjunto se mantuvo invicto 136 partidos y gracias a que “Los Cebollitas” se convirtieron en una sensación, conociste Perú y Uruguay, donde los invitaron a jugar. No tenías 12 años y ya eras campeón.

A alguien se le ocurrió hacerte debutar en las inferiores del Club Argentino Juniors. Resultó fácil, fue el primer acto ilícito de tu vida: te cambiaron el nombre y mintieron la edad, agregándote dos años para que te aceptaran. Algo completamente inútil porque tu brillo era tal que cuando te vieron jugar, todos preguntaban: ¿Quién ese pibe? ¿De dónde salió ese prodigio?

Entonces decidieron que era mejor ponerte en el entretiempo de los partidos de la Primera División para que entretuvieras a la hinchada haciendo malabares con la pelota. Naciste mago. Siempre la pelota ha hecho todo lo que querés, ¿O será al revés?

Llegaste a la villa eufórico:

- ¡Mamá, me pagaron!

Doña Dalma te dio un beso y tu padre Diego te regaló una sonrisa y una palmada afectuosa. Hasta hay un viejo comercial de Coca Cola, donde se ve a aquel muchachito haciendo maravillas.

La primera vez que figuraste en los diarios, (esos que cada vez que pueden, intentan destruirte por tus ideas), tenías diez años. El Clarín decía: “Había un pibe con porte y clase de ‘crack’…”. Este periodista no sabía que aún faltaban por llenar muchas páginas hablando del “Pibe de Fiorito”. Porque en dos años ascendiste ocho divisiones en Argentinos Juniors, de novena a primera, y comenzaste a dibujar tu historia con goles: en 1978, aunque te consagraste como el goleador del Metropolitano, el flaco Menotti te dejó fuera de la Selección que ganó el campeonato porque eras muy niño, pero al año siguiente nos trajiste la Copa del Mundial Juvenil.

Por ese tiempo, aunque River te quería contratar y te ofreció lo mismo que ganaba Ubaldo Fillol, el jugador mejor pagado de entonces, decidiste jugar para Boca, que estaba en serios problemas económicos y no podía comprar tu pase. Nos hiciste campeones, pero duraste poco. Europa siempre ha pagado mejor y te fuiste al Sevilla y después al Nápoles.

El Mundial de México 86, siempre será recordado como “el Mundial de Maradona” y podría escribir muchas páginas con las emociones que nos hiciste vivir, porque cada vez que mandaste la pelota al fondo de la red, no era un gol de Maradona, era un tanto de desquite de todos los humildes de tu pueblo.

La FIFA, aún a regañadientes, (los oligarcas del fútbol no te quieren Diego) tuvo que elegirte como al mejor jugador del siglo XX. Para nosotros significas mucho más. Siempre recordaré cuando como consecuencia de haber caído en los abismos de la droga, te tuvieron que internar de urgencia y una multitud angustiada hizo intransitable cuadras enteras en torno al hospital. Alguien puso un gran cartel: “El cielo tiene que esperar”, otro decía: “Siempre vivirás, Dios no quiere competencia.”, otro: “Jesús resucitó una vez. Vos, miles.”, y quizá el más significativo rezaba: “Diego, no aflojés que vas a salir. No podés perder. No te olvides que Maradona juega para vos.”

Saliste de la droga como también te levantaste de cada golpe que te dieron en la cancha, pero los medios internacionales siempre magnificaron tu adicción a las drogas y cada error que cometías, porque lo que no te perdonan es que a pesar del dinero, la fama y la gloria, nunca olvidaste al pibe de la villa de Fiorito y que cada uno de tus mensajes políticos mueva la conciencia de los pobres y explotados del mundo.

El mercado puede aceptar que seas un genio del fútbol, pero no que te hayas convertido en la compensación para una sociedad frustrada por varias dictaduras militares y desgastada por el accionar de políticos corruptos.

Se acepta, ¿qué otro remedio les queda?, que seas un campeón, más no que reflejes los sentimientos de los despojados que necesitan creer que Dios no está tan lejos.

Eso no te lo van a perdonar nunca Diego.

La FIFA no te puede perdonar que promuevas la sindicalización de los jugadores, a los que llamas “los obreros del fútbol”, porque eso echaría por tierra un negocio que mueve millones de dólares cada cuatro años.

Si Maradona dona una escuela, o promueve una colecta para los niños pobres con parálisis, no saldrá en la primera plana de ningún periódico del mundo, porque lo imperdonable no son estos actos en sí, sino que lo hagas siempre diciendo que sólo estás devolviendo algo de lo que los poderosos roban a la gente.

Demagogo, populista, oportunista, drogadicto, son los calificativos aconsejados por los señores de la SIP para poner junto a tu nombre. Como también aconsejan destacar siempre las declaraciones del señor Pelé, porque ese si es “bueno”. Se coloca debajo de un cartel de alguna firma de productos deportivos, que por supuesto le paga, para reivindicar siempre al sistema y defender sus intereses. De eso vive.

No te van a perdonar tus visitas a Chávez, o que tengas al Ché tatuado en tu hombro.

La única vez que te tuve cerca fue cuando en noviembre de 2005, con motivo de la Cumbre de Presidentes de Mar del Plata, nos invitaste a ir a repudiar la presencia de Bush en la Argentina.

Los grandes diarios del mundo, no publicaron en estos días la foto de la Selección Argentina despidiéndose rumbo a Sudáfrica con una gran pancarta que decía: “Apoyamos a las abuelas de Plaza de Mayo para el Premio Nobel de la Paz”. Ni tampoco la noticia de que recibiste en Pretoria a Estela Carlotto con un gran abrazo.

Eso no se perdona Diego.

El fútbol, vos lo sabés mejor que nadie, es un juego impredecible y como bien declaraste: “No hay favoritos. Cualquiera te puede clavar la pelota en el ángulo y todo lo que hiciste… Chau”. Todo es posible, pero por todo esto y mucho más quiero decirte que si eso sucede, no te hagas ningún problema, porque con nosotros ya cumpliste.

Gracias por ser Maradona.

Gracias por ser nuestra alegría y nuestra esperanza.

Gracias por no olvidar al pibe de Fiorito.

Gracias por representarnos siempre a todos con dignidad.

Gracias campeón.

Carta abierta a Diego Armando Maradona

Maradona:

Este mundial en sudáfrica ya me tenía molesto con la falta de dignidad profesional y humana de Shakira, es una vileza, para decir esto mejor que injusticia, que las voces hermosas del África quedaran silenciadas por los manejos de las grandes disqueras y que ella se hiciera cómplice al aceptar sustituir a un cantante negro. Realmente el deporte está cada día más vendido a los intereses capitalistas.

Ayer vi el primer partido de Argentina y allí te vi a ti, adentro de un traje de entrenador, rodeado por la áurea de ser el entrenador de la selección de tu patria. No pude menos que empezar a reírme a carcajadas, ¡allí estas de nuevo, Maradona! Ante las cámaras del mundo entero en un puesto de lucha, en contra de todos los maldecires y las descalificaciones que en tu contra se hicieron, de nuevo venciendo en la cancha de la vida, haciéndole goles al estigma de las siete cruces que te colgaron de la frente.

Sería como hace casi dos años que estuve en la casa uno de La Pradera, en la Habana. Yo llegué de visita y pedí que me abrieran para conocer la casa dos. Pocos saben esa historia detalle a detalle, como puede saberla uno al escuchar las historias y las fábulas de tu estancia en esa casa cuando caíste derrotado en un encuentro donde la cocaína te metió una saparapanda de goles que te dejaron en el piso. Una droga que había entrado a tu vida como casi siempre entra en nuestras vidas, llena de amores y sabrosuras y que se transforma de a poco a poco en este infierno que se llama adicción te había ganado la batalla y había destruido todo lo que hasta ese día habías logrado hacer con tu vida.

Me decía un compañero de trabajo que todo gran chofer lo es hasta que choca. Hablábamos de ti. Se, porque como tu yo también terminé en Cuba por lo mismo, el amargo sabor de ese infierno, las terribles cadenas de la esclavitud al consumo, que no siempre es tan fácil de superar. Tu debes de saber como queda uno de abatido y que difícil resulta hacerse un camino luego de una caída en la que son muchos los que enfilan sus baterías para terminar de aplastarnos o impedirnos ser alguien en lo que nos queda de futuro. Yo recuerdo aquella casa dos toda pintada de números diez por tus propias manos, aquel hombre de trapo al que golpeabas cada vez que te llenabas de ira, aquella imagen que inventé, en base a los cuentos de las camareras y choferes que me hablaban de la turba de paparazzi y periodistas que a diario te mandaban a firmar franelas por 100 dólares como sacándole provecho al caído, escribiéndote con cenizas en tu alma aquel número diez como el número de un derrotado. Respiré el aire que dejaste en aquella casa y que nunca volverá a ser un aire común, por lo menos para quienes como yo hemos pasado ese mismo infierno de tener que vernos a nosotros mismos hechos pedazos y levantarnos entre nuestra propias lágrimas a ver o inventar como rearmar nuestras vidas cuando ya todos apuestan a que nunca volveremos a ser nadie. Cada día me toca dar la mano a gente que cae por el mismo precipicio, a decirles que es mentira que nunca seremos nadie, que es mentira que somos enfermos para siempre, que es mentira que estamos sentenciados con los siete sellos de la maldición de la adicción o de la droga en nuestra frente. Ese ha sido mi camino, luchar por la dignidad de todas y todos los que caen en la trampa de la cocaína o la heroína, de las drogas o el alcohol y que son de una vez sentenciados a ser culpables. El adicto no soy yo, adictiva es la droga que nos atrapó en la esquina. El enfermo no soy yo, enferma es la sociedad en la que seres ya sin valores, tan solo por dinero, terminan jibareándole venenos a sus vecinos. Pero la humanidad a veces, tú lo sabes mejor que yo Diego Armando, no asume sus propias culpas. Los culpables somos nosotros.

Has sido culpable mil veces, tu que saliendo de Cuba llegaste a Argentina y en menos de dos meses estabas otra vez en la camilla derrotado por el mismo monstruo una por cero, de vuelta a casa dos, a la Habana. Culpable y sentenciado a no ser nadie más nunca en tu puta vida, como yo, como todos los que nos asfixiamos alguna vez en este terrible laberinto. Culpable una y mil veces y una y mil veces tener que volver a llorar con nuestra imagen reflejada en un espejo partido en cien pedazos. Cargar con la cruz y buscar oxígeno de donde sea para empezar de nuevo. Como si todos ellos fueran a vivir dos o tres veces para asumir el derecho de quitarnos las esperanzas a quienes sabemos muy bien que solo tenemos esta vida.

Yo se muy bien la humilde y gran alegría de tu corazón. Es tuya y es mía, es de todos los que llevamos esa pesada etiqueta de rehabilitados de las drogas, es mío y es tuyo el latido enorme de mis venas al ver cada gol que haga la ambiceleste pues le estas dándo una hermosa lección a todos, estás ganado el mejor de los partidos que hayas jugado: si somos posibles y somos hasta mejores seres humanos, pues venimos del oscuro hueco del infierno y aprendimos a conocernos y manejarnos. Subimos con las manos por las escarpadas paredes para volver a triunfar y rescatar toda nuestra dignidad perdida y pisoteada. Tú no estás donde estás como un premio de consolación a lo que fuiste antes, estás allí porque estás. Porque nadie lo haría mejor que tu. Amarrado a tu compromiso a ti mismo y a la vida, como yo a la mía y como todas y todos los que somos hermanos de dolor y de enfermedad, que tenemos que vencer por sobre los estigmas y las descalificaciones y hacernos enormes, grandes, gigantes, como tu, no para vanagloriarnos ni envilecernos, sino para, con toda la humildad de este mundo, rescatar la dignidad de nuestros hermanos y la propia.

Solo por hoy estás en Sudáfrica, solo por hoy haciendo a tus muchachos hacerle goles a la vida, a tu alma que los necesita para curarse de tantas heridas, y para la de mis hermanos y para la mía. Solo por hoy vuelve a poner en sus tacos la rabia que le ponías a tus tacos en aquel potrero que se llamaba “las siete canchitas” donde aprendiste a patear a las injusticias de la pobreza del barrio al sur de Buenos Aires donde naciste, dale patadas con la rabia acumulada en el sanatorio de los Arcos, o en el Hospital de la Madre Teresa de Calcuta y la rabia con que escribía sobre las paredes de la casa dos en la Habana, dale con la misma rabia con que te hiciste hermano de Fidel Castro y de Evo y de Chávez, de la revolución necesaria.

Yo como tu también un día tape todos las ventanas con pintura negra. Para que no entrara el mundo o para olvidarlo. No soy yo, no eres tú, son miles los que como tú y yo sufrimos esta agonía. Hoy estamos rompiendo las ventanas y sacamos la garganta para gritar por todos que tenemos derecho a la vida, que hay que limpiarle al mundo de tantas injusticias y que hay que crear a la mujer y al hombre nuevo para que vivamos todos el nuevo mundo que estamos construyendo. Yo como tú sigo viviendo mi vida a pesar de sentir en la espinilla las zancadillas de muchos, hasta de los que tienen el deber de ayudarte porque nunca aceptarán que podamos triunfar.

Digan lo que digan, que ya no nos importa, eres tu mismo el que está en el campo, y somos todos contigo Diego Armando, dale con todo a la pelota, con los pies, con el puño o con la boca, que este partido es nuestro y ya vamos ganando Maradona!

Por Raúl Bracho. 13.06.2010