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Carta abierta a Diego Armando Maradona

Maradona:

Este mundial en sudáfrica ya me tenía molesto con la falta de dignidad profesional y humana de Shakira, es una vileza, para decir esto mejor que injusticia, que las voces hermosas del África quedaran silenciadas por los manejos de las grandes disqueras y que ella se hiciera cómplice al aceptar sustituir a un cantante negro. Realmente el deporte está cada día más vendido a los intereses capitalistas.

Ayer vi el primer partido de Argentina y allí te vi a ti, adentro de un traje de entrenador, rodeado por la áurea de ser el entrenador de la selección de tu patria. No pude menos que empezar a reírme a carcajadas, ¡allí estas de nuevo, Maradona! Ante las cámaras del mundo entero en un puesto de lucha, en contra de todos los maldecires y las descalificaciones que en tu contra se hicieron, de nuevo venciendo en la cancha de la vida, haciéndole goles al estigma de las siete cruces que te colgaron de la frente.

Sería como hace casi dos años que estuve en la casa uno de La Pradera, en la Habana. Yo llegué de visita y pedí que me abrieran para conocer la casa dos. Pocos saben esa historia detalle a detalle, como puede saberla uno al escuchar las historias y las fábulas de tu estancia en esa casa cuando caíste derrotado en un encuentro donde la cocaína te metió una saparapanda de goles que te dejaron en el piso. Una droga que había entrado a tu vida como casi siempre entra en nuestras vidas, llena de amores y sabrosuras y que se transforma de a poco a poco en este infierno que se llama adicción te había ganado la batalla y había destruido todo lo que hasta ese día habías logrado hacer con tu vida.

Me decía un compañero de trabajo que todo gran chofer lo es hasta que choca. Hablábamos de ti. Se, porque como tu yo también terminé en Cuba por lo mismo, el amargo sabor de ese infierno, las terribles cadenas de la esclavitud al consumo, que no siempre es tan fácil de superar. Tu debes de saber como queda uno de abatido y que difícil resulta hacerse un camino luego de una caída en la que son muchos los que enfilan sus baterías para terminar de aplastarnos o impedirnos ser alguien en lo que nos queda de futuro. Yo recuerdo aquella casa dos toda pintada de números diez por tus propias manos, aquel hombre de trapo al que golpeabas cada vez que te llenabas de ira, aquella imagen que inventé, en base a los cuentos de las camareras y choferes que me hablaban de la turba de paparazzi y periodistas que a diario te mandaban a firmar franelas por 100 dólares como sacándole provecho al caído, escribiéndote con cenizas en tu alma aquel número diez como el número de un derrotado. Respiré el aire que dejaste en aquella casa y que nunca volverá a ser un aire común, por lo menos para quienes como yo hemos pasado ese mismo infierno de tener que vernos a nosotros mismos hechos pedazos y levantarnos entre nuestra propias lágrimas a ver o inventar como rearmar nuestras vidas cuando ya todos apuestan a que nunca volveremos a ser nadie. Cada día me toca dar la mano a gente que cae por el mismo precipicio, a decirles que es mentira que nunca seremos nadie, que es mentira que somos enfermos para siempre, que es mentira que estamos sentenciados con los siete sellos de la maldición de la adicción o de la droga en nuestra frente. Ese ha sido mi camino, luchar por la dignidad de todas y todos los que caen en la trampa de la cocaína o la heroína, de las drogas o el alcohol y que son de una vez sentenciados a ser culpables. El adicto no soy yo, adictiva es la droga que nos atrapó en la esquina. El enfermo no soy yo, enferma es la sociedad en la que seres ya sin valores, tan solo por dinero, terminan jibareándole venenos a sus vecinos. Pero la humanidad a veces, tú lo sabes mejor que yo Diego Armando, no asume sus propias culpas. Los culpables somos nosotros.

Has sido culpable mil veces, tu que saliendo de Cuba llegaste a Argentina y en menos de dos meses estabas otra vez en la camilla derrotado por el mismo monstruo una por cero, de vuelta a casa dos, a la Habana. Culpable y sentenciado a no ser nadie más nunca en tu puta vida, como yo, como todos los que nos asfixiamos alguna vez en este terrible laberinto. Culpable una y mil veces y una y mil veces tener que volver a llorar con nuestra imagen reflejada en un espejo partido en cien pedazos. Cargar con la cruz y buscar oxígeno de donde sea para empezar de nuevo. Como si todos ellos fueran a vivir dos o tres veces para asumir el derecho de quitarnos las esperanzas a quienes sabemos muy bien que solo tenemos esta vida.

Yo se muy bien la humilde y gran alegría de tu corazón. Es tuya y es mía, es de todos los que llevamos esa pesada etiqueta de rehabilitados de las drogas, es mío y es tuyo el latido enorme de mis venas al ver cada gol que haga la ambiceleste pues le estas dándo una hermosa lección a todos, estás ganado el mejor de los partidos que hayas jugado: si somos posibles y somos hasta mejores seres humanos, pues venimos del oscuro hueco del infierno y aprendimos a conocernos y manejarnos. Subimos con las manos por las escarpadas paredes para volver a triunfar y rescatar toda nuestra dignidad perdida y pisoteada. Tú no estás donde estás como un premio de consolación a lo que fuiste antes, estás allí porque estás. Porque nadie lo haría mejor que tu. Amarrado a tu compromiso a ti mismo y a la vida, como yo a la mía y como todas y todos los que somos hermanos de dolor y de enfermedad, que tenemos que vencer por sobre los estigmas y las descalificaciones y hacernos enormes, grandes, gigantes, como tu, no para vanagloriarnos ni envilecernos, sino para, con toda la humildad de este mundo, rescatar la dignidad de nuestros hermanos y la propia.

Solo por hoy estás en Sudáfrica, solo por hoy haciendo a tus muchachos hacerle goles a la vida, a tu alma que los necesita para curarse de tantas heridas, y para la de mis hermanos y para la mía. Solo por hoy vuelve a poner en sus tacos la rabia que le ponías a tus tacos en aquel potrero que se llamaba “las siete canchitas” donde aprendiste a patear a las injusticias de la pobreza del barrio al sur de Buenos Aires donde naciste, dale patadas con la rabia acumulada en el sanatorio de los Arcos, o en el Hospital de la Madre Teresa de Calcuta y la rabia con que escribía sobre las paredes de la casa dos en la Habana, dale con la misma rabia con que te hiciste hermano de Fidel Castro y de Evo y de Chávez, de la revolución necesaria.

Yo como tu también un día tape todos las ventanas con pintura negra. Para que no entrara el mundo o para olvidarlo. No soy yo, no eres tú, son miles los que como tú y yo sufrimos esta agonía. Hoy estamos rompiendo las ventanas y sacamos la garganta para gritar por todos que tenemos derecho a la vida, que hay que limpiarle al mundo de tantas injusticias y que hay que crear a la mujer y al hombre nuevo para que vivamos todos el nuevo mundo que estamos construyendo. Yo como tú sigo viviendo mi vida a pesar de sentir en la espinilla las zancadillas de muchos, hasta de los que tienen el deber de ayudarte porque nunca aceptarán que podamos triunfar.

Digan lo que digan, que ya no nos importa, eres tu mismo el que está en el campo, y somos todos contigo Diego Armando, dale con todo a la pelota, con los pies, con el puño o con la boca, que este partido es nuestro y ya vamos ganando Maradona!

Por Raúl Bracho. 13.06.2010

MUNDIAL SUDÁFRICA 2010 - La mínima diferencia

A las diez y media las calles de Buenos Aires empiezan a despoblarse. Con mi mujer salimos de nuestra casita en Boedo. Se percibe apuro y ensimismamiento en la gente que busca un lugar o un refugio para ver el partido. En la ciudad el frío es polar, llovizna, así que en vez de caminar subimos al auto, cada día más parecido al troncomóvil de Los picapiedra. Por suerte arranca y enseguida llegamos a un Cinemark, malhumorados: el clima no puede ser tan malo y el cielo no puede ser tan gris. ¿Será una señal de que Dios no está hoy con Maradona?

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Las cadenas de cine vieron en el Mundial una veta y proyectan en HD los partidos de la selección. Se me ocurrió que valía la pena, para el debut, ver al equipo en pantalla gigante con un centenar de personas prestas a insultar al árbitro, al técnico, al rival y a los propios jugadores. La gente hace cola y está ataviada con camisetas y vinchas de la selección, como si estuvieran en la puerta de la cancha. Un padre de familia, con sus niños y una esposa que, por la expresión de la cara, satisface a duras penas este capricho de su marido, oficia de pájaro de mal agüero: las entradas triplican el costo de un ticket de cine común: 60 pesos. Mi mujer se indigna y me arrastra fuera del cine: “son unos usureros, ni loca”.

Gracias a la ausencia de tráfico, llegamos en cinco minutos a Pan y arte, un bar en plena calle Boedo que importa, con sus desayunos orgánicos y su menú “artesanal”, las tendencias del barrio de moda: Palermo. Un cañón proyecta sobre un fondo blanco las caras un poco zoomorfas de los jugadores argentinos abrazados durante el himno nacional. Nos sentimos como en el cine, pero con desayuno y mesa. El cambio de planes parece óptimo hasta que empieza el partido y descubrimos que no hay clima mundialista: el público está compuesto por parejas mayores domesticadas, que no insultan ni arengan a los jugadores. Apenas se emocionan con las seis jugadas claras de gol que tiene la selección a lo largo del partido, y sufren con un racional “ahhhhh”, “uhhhhhh” el envión final de los nigerianos, que terminaron más enteros, corriendo como antílopes, en contraste con los nuestros, sacos de huesos que se les verán negras si tienen que jugar un alargue contra Alemania, Francia o Inglaterra.

FutbolArgentina2El partido pudo resolverse en el primer tiempo, pero a medida que pasaron los minutos y la pelota no volvió a entrar en el arco pese a las jugadas y paredes iluminadas de Messi con Verón –que corrió como a sus veinte y debió salir veinte minutos antes del final–, el partido se complicó y un rival mediocre estuvo a punto de lograr un empate ante un equipo semipostrado y satisfecho con una merecida mínima diferencia.

Hay una constante a destacar en este mundial: no el buen juego, sino el endemoniado balón. Con él resulta muy difícil hacer goles y jugadores brillantes del Manchester, Chelsea y Barcelona, parecen novatos en la definición. Es imposible que la Jabulani –tal es el hombre del balón– baje y agarre efecto. Ningún tiro libre, hasta ahora, pasó cerca del travesaño. No me imagino una definición por penales con esta pelota de volley: ¿un patético 1 a 0? Sigo pensando que la Tango y la Jalisco, los balones míticos de mi infancia, no han sido superados. Tenían, claro, la consistencia y el peso de un sueño realizado.

* Oliverio Coelho (Buenos Aires, 1977). Su último libro es Parte Doméstico(Emece, 2009). Administra el blog conejillodeindias.blogspot.com

Fuente: http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2010/06/la-mínima-diferencia.html